sábado 28 de enero de 2012

"Los negocios del señor Julio César", de Bertold Brecht



Del narrador sabemos que es ciudadano romano y que ha publicado una obra sobre Solón. Este hombre se ha embarcado en la tarea de acopiar información para escribir la biografía de su héroe, el gran Julio César, cuando apenas han transcurrido veinte años después de su muerte en el Senado, a manos de Bruto y Casio. Viene de lejos, acompañado de su esclavo Sempronio, a visitar al banquero Mummio Spicer.

El banquero tiene en su poder un documento escrito por Rarus, personaje del que sólo se nos dice que fue esclavo y secretario de Julio César, su acompañante de siempre, que además llevó un diario donde registra los acontecimientos más importantes de la vida al lado de aquél, en esos primeros años cuando el fundador del Imperio estaba abriéndose camino; cuando ya había ocupado los cargos de cuestor y edil.

Spicer que trató a César hasta el día de su muerte cuenta que “la gente humilde se deslumbraba ante las deudas de César, cuya magnitud se decía que alcanzaba cifras fantásticas”, en especial entre panaderos y modistos.

—Por lo que recuerdo —cuenta Spicer— en esa época César no hacía absolutamente nada. En su vida había habido un intento de dedicarse a una profesión y de ganar algún dinero. Había sostenido en el Foro dos acusaciones contra altos funcionarios del Senado, por encargo de los clubes democráticos. Eran procesos por concusión y otros abusos de autoridad en las provincias.

“La City pagaba muy bien a los abogados jóvenes de las familias patricias por esos procesos. Era la vieja lucha de la City contra el Senado. Desde tiempos remotos trescientas familias se repartían los cargos importantes dentro y fuera de Roma. El Senado era su bolsa. Allí se decidía quién se sentaría en la banca del Senado, quién en la silla curul, quién en la montura del corcel de guerra y quién permanecería en los latifundios. Eran grandes terratenientes, trataban a los restantes ciudadanos romanos como a su servidumbre y a su servidumbre como a la canalla. A los comerciantes los consideraban ladrones y a los pobladores de las provincias conquistadas, enemigos…”

La City en Colombia no debe estar compuesta ni siquiera por trescientas familias, debidamente apoderadas de los contratos del Estado y haciendo que el Senado legisle a su favor.

Como buen banquero, Spicer se hace pagar doce mil sestercios [en algún pasaje nos dice que un buen artesano ganaba tres sestercios al día] por las memorias de Rarus. Además dice que sin sus comentarios el texto tendría poco valor. Entonces empieza una larga perorata en donde nos muestra las relaciones del comercio con la política, en el caso romano; inclusive, nos da otra versión del famoso secuestro de que fue víctima el joven César por cuenta de unos piratas asiáticos, cerca de la isla de Farmacusa, cuando trataba a los piratas con tanta displicencia que hasta llegaba a ordenarles que guardaran silencio cada vez que él se tendía a dormir. Según la historia oficial —dice Spicer— César iba embarcado para Rodas con el propósito de estudiar elocuencia. Pero el motivo del viaje era otro: el contrabando de esclavos, uno de los negocios más lucrativos de la época, al cual no era ajeno César, que además de ambicioso era un hombre de mucha iniciativa.

La larga intervención del banquero, a la que Brecht le dedica no menos de veinte páginas, deja en nuestro hombre un cierto desencanto al escuchar los pasajes en que su héroe no se comporta de manera muy heroica, sino como un hábil abogado. “Lo poco que había comentado acerca del fundador el Imperio, uno de los más grandes hombres de la historia universal, tendía a pintarlo como un retoño particularmente degenerado de una vieja familia”, piensa nuestro hombre con cierta pesadumbre.

En uno de sus pasajes de su diario, Rarus cuenta que el cargo de pontífice “nos costó ochocientos cincuenta mil sestercios y hasta ahora sólo hemos recuperado la mitad”. Probablemente, una de las intenciones de Brecht era mostrar que la corrupción es tan antigua como la humanidad misma y que la Roma republicana era tan apegada a las leyes solo en apariencia. Puesto que no faltan los pasajes donde nos muestra a los honorables senadores, por ejemplo a Cicerón, como a unos vulgares mercachifles, similares a los actuales senadores colombianos, de los cuales la mitad se encuentran en la cárcel, acusados de participar y colaborar con el movimiento paramilitar, responsable de la muerte de más de ciento cincuenta mil compatriotas.

Curiosamente, el diario de Rarus sólo nos da cuenta de los acontecimientos de la vida del joven César y poco nos dice de la campaña de las Galias ni de los sucesos posteriores de su vida, que probablemente fueron los que lo hicieron grande. Da la impresión de que la intención de Brecht fuera la de opacar la figura de su “biografiado”, y de paso mostrar que dos mil años de historia es poco lo que han logrado cambiar las faz de esta humanidad; que la antigua Roma estaba tan plagada de los vicios y malas costumbres que hoy detestamos en nuestra moderna y corrupta sociedad.

viernes 7 de octubre de 2011

En la propia calentura, primer capítulo

“Seguí después por el atajo… Y sigo
Y seguiré muy lejos de la vía,
Porque mi corazón —ese mendigo vagabundo—
No quiere compañía.” Luis Carlos López.


¿Quién soy?

Durante muchos años he vivido con el temor de que me pueda pasar lo que le pasó a un antepasado mío, al que se le fue vida andando por todo el territorio nacional sin echar raíces en ninguna parte. Apenas se estaba estableciendo en algún sitio, cuando ya estaba llenándose de argumentos para desplazarse a otro, alegando que el clima era malsano, la gente habladora, los negocios lentos; en fin, todas las disculpas posibles con tal de irse.
Aunque nunca llevó una vida disipada, de borracho, tahúr o mujeriego; ni podría tildarse de perezoso, no acumuló riqueza alguna. Todo se le fue en trasteos, pasajes y averiguaciones. La que no aguantó ese trajín de vida fue su mujer, que murió en Manizales de un cáncer en el estómago, después de una larga y dolorosa agonía, atenuada por la morfina.
A “buey viejo, pasto tierno”, declaró poco después de enviudar, y se casó con una sobrina que tenía en Medellín. Pero ésta “murió de parto”, como decían en esos días. Repuesto de su duelo, se casó con una viuda vieja, pobre y de repeso malgeniada; un desastre de mujer, a la que conquistó a punta de cuentos, diciéndole que era dueño de los almacenes que tenían los hijos en Bogotá. Como ya no hubo manera de conseguir el pasto tierno que paladeaba con tanto placer, tuvo que conformarse con el amargo y duro pasto jecho, que ruñía con cierta resignación.
Sorprendido por la velocidad con que habían pasado los años, cualquier día se dio cuenta de que había llegado a viejo, cosa que había pretendido ignorar. En cierta forma, la buena salud con que había contado lo había engañado en ese sentido, haciéndole creer que los que envejecían eran los demás. Débil y presintiendo la muerte; para colmo, ligeramente desquiciado, tuvo que refugiarse entre sus hijos, a los cuales les fue difícil sobrellevar su carga. Molestos e incómodos, se avergonzaban de él y ni siquiera intentaban comprenderlo. Un panorama opaco, oscurecido aún más por su energúmena y exigente compañera.
Finalmente, la muerte se lo encontró en Villeta, después de uno o dos meses de lenta y penosa agonía. Cansonas y beatas, sus hijas lo acompañaron en aquellos largos y tensos días, gastando camándula sin compasión. Ansiosas, empataban un rosario con otro y las avemarías se les enredaban en la boca. Taciturna, la futura viuda no rezaba; pensaba. De seguro ya entreveía los tiempos difíciles que se le venían encima.
Después de la ceremonia del entierro uno de sus hijos les dijo a los otros:
—Señores, es hora de regresarnos. ¿Qué más esperamos aquí?
Pues bien; así como hay vidas que nos sirven de ejemplo y son dignas de imitación, hay otras que nos convidan a seguir el camino opuesto. En este sentido, la historia de este bisabuelo la pienso adoptar como un caso de pedagogía negativa, para no repetir lo que fue él. Yo también he errado por el país; inclusive de una manera más irresponsable, si se quiere. Aunque en mi favor puedo decir que al menos no he tenido hijos ni he pensado tenerlos nunca. De mi vida, para bien o para mal, sólo tengo que dar razón ante mí mismo. Los hijos míos, como se lo he hecho saber a mi actual compañera, son los árboles que he sembrado en antiguos potreros y cafetales; hoy bosques donde bulle la vida, que me permiten exclamar: “al menos no he perdido todo mi tiempo”. Cuando me vaya, en ellos quedará la memoria de lo que fui. Como dijo el gran jefe Sealth: “Cuando el último de los pielrojas haya desaparecido, cuando su sombra no sea más que un recuerdo en esta tierra, estas riberas y estos bosques seguirán poblados por el espíritu de mi pueblo, porque nosotros amamos este paisaje del mismo modo que el recién nacido ama los latidos del corazón de su madre”.
A mis cincuenta años es difícil enderezar la ruta; pero no imposible. En este sentido, este relato debe entenderse como un intento de cuadrar las cargas para andar el camino que falta. Para explicar lo que he sido, tengo razones de orden subjetivo: los elementos que me constituyen y definen mi conducta. Un claro ánimo libertario, por llamarlo de alguna manera, y cierta altanería heredada de mis tíos maternos, me han hecho enfrentar la vida de una determinada manera que me impide tragar entero y aceptar las cosas como vengan. Esa característica me inhabilitó para trabajar en empresas organizadas, donde hay reglas claras para someterse a una jerarquía; y en últimas, para obedecer. Por otra parte, un profundo sentido de la sociabilidad, adquirido en mi lejana infancia, me lleva a tratar de comprender a los demás; a meterme en sus zapatos, un ejercicio poco practicado por los cristianos de estas latitudes, que tanto cacaraquean su amor al prójimo.
Pero también tengo razones de orden objetivo: me refiero a los obstáculos o facilidades que el Destino ha puesto en mi camino. Me explico: muchos de los hechos que he protagonizado a lo largo de mi vida, consignados en este relato, que algunos reprobarán, no podía evitarlos. Solos, no podemos cambiar la realidad; a lo sumo nos podemos acomodar a ella. En mi caso, dada mi condición de libertario e independiente, nunca consideré conveniente establecerme en ninguna parte. Pero también debo decir que las características de mi oficio hacían obligatoria esa trashumancia de la que ahora me duelo. Cuando se acaba la cosecha en una región, fuera de salir para otra parte en donde apenas esté empezando a madurar el grano, ¿qué otra cosa se puede hacer? Y cuando se acaba el café en todas partes, ¿qué otra cosa se puede hacer diferente a salir a hacer deshierbas y abonamientos por cualquier salario? Claro que en nuestra manera desordenada de vivir en las épocas de bonanza despilfarrábamos sin ninguna consideración nuestros ingresos y después pasábamos toda clase de afugias cuando llegaba la época de las vacas flacas.
También he intentado varias veces establecerme en algún oficio en las ollas de Armenia, vendiendo ropa de segunda en los andenes, en el llamado rebusque. Pero ésta es una actividad incierta, que no me ha permitido una estabilidad. Sólo el hecho de pertenecer al comercio informal la hace inestable y propensa a las persecuciones de la policía, tan curiosamente eficiente cuando se trata de perseguir a los pobres.
Como se verá en el relato que sigue, mis actividades han estado muchas veces al margen de la ley, o más allá del margen; porque de alguna manera ser pobre en Colombia es estar por fuera de la ley.
Los momentos más difíciles de la vida me los ha hecho llevaderos un cierto ánimo filosófico; la tendencia a comprenderme y comprender a los demás, que ya he mencionado. Creo que ahí está la verdadera sabiduría. Pero mi drama también ha sido no sólo cómo conseguir el sustento, sino cómo encontrarle un sentido a mi vida. Porque todas las miserias son llevaderas, menos la de no saber qué hacer con nuestra vida; no tener un objetivo ni un rumbo.
En este peregrinaje, lejos de mis familiares, de los que la vida me fue alejando, me ha acompañado una gran afición por la práctica del fútbol. En mi calidad de portero, he jugado en cuanta vereda de la zona cafetera tenga una cancha o algo que se le parezca; he organizado campeonatos y he dejado instalada una cierta afición que ha perdurado aún en mi ausencia, según me lo han hecho saber. Ya no juego tanto como antes, porque los años no pasan en vano. Pero en cierta medida, el fútbol fue mi tarjeta de presentación para hacerme conocer en toda la zona cafetera.
Finalmente, aunque la canción de Pedro Infante dice que “el amor del hombre pobre es como el del gallo enano, que en correr y no alcanzar se le pasa todo el año”, en mi calidad de pobre no me ha faltado el amor de una que otra mujer que ha hecho este viaje más llevadero. A veces siento culpas con algunas, porque pienso que no me comporté de la mejor manera con ellas; y rencores con otras que me hicieron pasar momentos amargos. Con unas y otras quiero reconciliarme y aceptar que en esos temas del amor nada es fácil; vamos aprendiendo a medida que damos y recibimos golpes.
Aspiro a tener algún día un pedazo de tierra, en donde pueda acomodarme; para que este gitano que llevo adentro encuentre por fin una base donde pueda pasar el resto de sus días.

martes 13 de septiembre de 2011

En la propia calentura

Esta semana saldrá para la venta al público mi segundo libro, En la propia calentura, impreso en los talleres de Feriva, Cali. Fruto de una extensa entrevista hecha en octubre del 2010, En la propia calentura es el relato de un hombre de cincuenta años que ha alternado su actividad laboral entre el campo y la ciudad.

De carácter rebelde, nunca se ha podido adaptar a la jerarquía de una empresa organizada, donde el jefe siempre tiene la última palabra. Por esta razón tuvo que refugiarse en la informalidad, donde también hay jefes, inclusive tan tiranos como los otros, que si no lo echan a uno del trabajo lo pueden despachar de este mundo.

Vecino de las ollas donde se expenden las drogas ilícitas en las zonas urbanas; colaborador y simpatizante de la guerrilla de las Farc en los campos del Tolima y Cundinamarca, el relato de su vida nos depara más de una sorpresa, al tiempo que nos muestra todas las dificultades que se les suelen presentar a los que están en la última escala de la sociedad. De cierta manera es una invitación para ponerse entre los zapatos de aquellos que bordean la miseria, que arrancan cojeando por la carrera de la vida.
Mi primer libro, Patio 3, impreso también en Feriva, comienza con el día en que al personaje le allanan su residencia en Manizales y lo llevan preso para Bogotá, acusado de narcotráfico. Aunque no nos cuenta en qué ha consistido su delito, deducimos que es algo mínimo. Pero por haber sido capturado en una operación muy publicitada le aplican todo el rigor de la ley, después de magnificar su delito. A partir de ese momento empieza un desfile por las peores cárceles del país. Empezando por la Modelo de Bogotá, siguiendo por Manizales y terminando en Cómbita. Finalmente, después de pagar once años de condena en Colombia, lo extraditan a los Estados Unidos, en donde para su fortuna la justicia encuentra que el delito por el cual lo han extraditado.

Al igual que el otro, éste también es una invitación, pero al mundo corrupto y tenebroso de nuestras cárceles.

sábado 23 de julio de 2011

Memorias de Adriano




El emperador Adriano que se había propuesto hacer un buen reinado, hizo lo necesario para lograrlo. Con los resultados de veinte años de intensa labor a la vista, a los sesenta años, “la edad en que la vida, para cualquier hombre, es una derrota aceptada”, redacta una carta para el joven Marco Aurelio Antonino, al que considera un buen sucesor.
El emperador presiente su muerte. Amo y señor del mayor imperio que haya existido; poeta, filósofo, estadista, militar, coleccionista de arte y muchas más cosas, Adriano sabe que sus días están contados. Según Hermógenes, su médico, su corazón padece de hidropesía y terminará asfixiándolo.
La carta empieza contándole a Marco los detalles de su visita al médico. “Es difícil seguir siendo emperador ante un médico, y también es difícil guardar la calidad de hombre”. Después de la escena de la visita, la carta continúa haciendo un balance de los aspectos más importantes de su vida y de todas sus acciones para establecer la paz en el imperio y arreglar las finanzas públicas.
En efecto, puede decirse que esa fue la época de oro del imperio, cuando el territorio alcanzó la mayor extensión y Roma la mayor gloria.
A propósito de la creación de una obra, dice Poe:
“La mayoría de los escritores, y los poetas en especial, prefieren hacernos creer que componen bajo una especie de espléndido frenesí, y se estremecerían con la idea de que el público echara una ojeada a lo que ocurre tras bambalinas, a las laboriosas y vacilantes crudezas del pensamiento, a los verdaderos designios alcanzados sólo a último momento, a los innumerables vislumbres de ideas que no llegan a manifestarse, a las fantasías plenamente maduras que hay que descartar con desesperación”.
A propósito de la escritura de su libro “Memorias de Adriano”, un libro precioso que todos deberíamos leer, nos cuenta Marguerite Yourcenar que concibió y escribió un primer borrador entre 1924 y 1929, que ‘merecidamente’ después lo destruyó.
Hacia el 27, encontró una frase en la correspondencia de Flaubert, que fue como el leitmotiv para su obra: “Cuando los dioses ya no existían y Cristo no había aparecido aún, hubo un momento único, desde Cicerón hasta Marco Aurelio, en que sólo estuvo el hombre”. Entre el 34 y el 37 retomó y abandonó el proyecto muchas veces. En los diálogos que escribía, no sentía la voz de Adriano. Solamente una frase del 34 le hizo comprender que había encontrado ‘el punto de vista del libro’: “empiezo a percibir el perfil de mi muerte”. Ahí oyó la voz de Adriano. Pero estaba temprano: ‘hay libros a los que no hay que atreverse hasta haber cumplido los cuarenta años… Me hicieron falta esos años para aprender a calcular exactamente las distancias entre el emperador y yo’.
En el 39, cuando empezó la guerra, dejó sus papeles en Suiza y fue a vivir a los Estados Unidos.
“En diciembre de 1948 recibí de Suiza, donde había dejado durante la guerra, una maleta de papeles familiares y cartas de más de 10 años de antigüedad. Me senté junto al fuego para acabar con esa especie de horrible inventario de cosas muertas; me pasé varias noches en soledad, ocupada en eso. Deshacía atados de cartas; releía, antes de destruirlo, ese montón de correspondencia con personas olvidadas y que me habían olvidado, algunas vivas, otras muertas. Algunos de esos papeles databan de una generación anterior a la mía; los nombres mismos no me decían nada. Arrojaba mecánicamente al fuego ese intercambio de frases muertas con Marías, Franciscos y Pablos desaparecidos. Desplegué cuatro o cinco hojas dactilografiadas; el papel estaba amarillento. Leí el encabezamiento: “Querido Marco…” ¿De qué amigo, de qué amante, de qué pariente lejano se trataba? No advertí de inmediato a quién se refería el nombre. Al cabo de algunos instantes, recordé de pronto que ese Marco no era otro que Marco Aurelio, y supe que tenía en mis manos un fragmento del manuscrito perdido. Desde ese momento, me propuse reescribir el libro costara lo que costare”
El libro se publicó en Francia en 1951 ¡27 años después de haberlo empezado! Para fortuna nuestra, lo tenemos en castellano en la muy buena traducción de Julio Cortázar.

miércoles 1 de junio de 2011

Yo, Claudio (I)

Después de leer con gran admiración el libro del inglés Robert Graves, en donde hace gala de un conocimiento profundo de la época de la Roma Imperial, me ha sobrevenido la pregunta de si semejante obra se justifica tratándose de un personaje tan simple como parece haber sido Claudio. La única justificación parece ser la dedicación de éste a la investigación histórica, de la cual hoy sólo tenemos una vaga noticia, puesto que toda su obra desapareció antes de llegar a nuestros días. Pero también es cierto que los simples son interesantes, como lo demostró Gogol en su cuento El Capote.
Nacido en el año 10 A.C., Claudio llegó al poder por un golpe del azar a la edad de 51 años, en el año 41 D.C., cuando unos pretorianos mataron a Calígula, su predecesor y sobrino, desesperados por la forma tan demencial como éste venía manejando el tesoro público y especialmente la justicia, aplicándole la pena de muerte a sus contradictores.
Mientras vivió su adolescencia en el palacio con Augusto y su poderosa esposa Livia, éstos lo consideraron algo menos que un inútil. Entre otras cosas, por boca de Claudio nos enteramos de que el verdadero poder en Roma lo tenía Livia: “Augusto mandaba a Roma, pero Livia mandaba a Augusto”. Además, nos pinta a Augusto como una especie de mentecato que poco entiende de los asuntos del Estado; idea contraria a la que ha llegado hasta nuestros días, de que era uno de los emperadores “de mostrar”. Claro que al lado de figuras como Calígula y Nerón cualquiera puede sobresalir. Augusto era hermano de Antonia, la madre de Claudio, y Livia había estado casada con su abuelo.
Su tío Tiberio, predecesor de Augusto, tampoco le tuvo mayor aprecio. El único que lo tuvo en cuenta fue su sobrino Calígula, quien durante su breve reinado de cuatro años lo nombró cónsul y senador. Es más, la actuación tan discreta que Claudio había tenido hasta entonces en la política, le sirvió para sobrevivir en las distintas conjuras que provocaron las caídas de Tiberio y Calígula.
Ni al momento de casarse “el pobre tío Claudio”, como solían decirle en familia, tuvo la opción de escoger. Las cuatro veces lo hizo porque así se lo ordenaron. La única vez que estuvo verdaderamente enamorado y en plan de casarse con una jovencita tan inteligente como hermosa, ésta fue envenenada, al parecer por Livia, que sobresalía en ese tema entre los romanos de su tiempo que no lo hacían mal.
En el momento de la conjura contra Calígula, los asesinos lo encuentran escondido detrás de una cortina. Logra salvarse de una muerte segura cuando ven en éste a un tonto que pueden usar a su antojo. Pero cuando toma posesión como “imperator” no vacila en hacerlos capturar y matar. Herodes, uno de los personajes de Claudio, el dios, y su esposa Mesalina le dice a Claudio: “He conocido listos que se fingían tontos y tontos que se fingían listos. Pero eres el primer caso que he visto de un tonto que se finge tonto. Te convertirás en un dios."

martes 5 de abril de 2011

El crimen del padre Amaro (final)

Sin ser ninguna autoridad en ese tema de la lectura, les propongo a los lectores hacer al menos dos lecturas del libro. Una lectura rápida para saber qué es lo que pasa entre el cura y la hermosa muchacha. Entre otras cosas, una descripción con el lujo de detalles que nos hace Eça de Queiroz sobre Amelia implica muchos meses de amorosa observación. En este sentido, el tipo está a la altura de Tolstoi cuando nos describe a Ana Karenina o a Natacha Rostova; o de Flaubert cuando nos pinta a Ema Bovary.

Si uno se atiene a esa primera lectura, le pasa lo que al amante que está afanado en probar las delicias que le depara su amada. Goza mucho el momento, pero se pierde de muchas cosas que ella quisiera darle o decirle, o hacerle ver o sentir. En este sentido, la lectura de un buen libro es como el amor de una gran mujer.

Cuando el título nos dice: “el crimen de fulano…”, uno se centra solamente en el suceso y en los acontecimientos que lo preparan. En este sentido, es probable que el libro decepcione a más de un afanoso, puesto que Amelia no muere ahorcada ni acuchillada, sino de tristeza. Sus amoríos con Amaro, esperados y preparados largamente, terminan con la muchacha embarazada; algo que no estaba en los planes de ella y mucho menos en los de él. Aprovechando una ausencia de la Sanjoaneira, Amaro la envía al campo para que nadie tenga noticias de su situación. No contento con esto, contrata a una pareja para que roben el niño apenas nazca y lo maten. Esos meses de embarazo, lejos de su madre, le hacen entender a Amelia el error en que ha incurrido iniciando una relación amorosa con un hombre incapaz de asumir las consecuencias de su amor. Inclusive cuando él se da cuenta del estado a que han llegado las cosas con su amante piensa escaparse con ella para América y empezar allá otra vida con ella. Pero son sólo pensamientos, porque el tipo no tiene los arrestos que se necesitan para tomar una decisión de ésas.

Desilusionada de Amaro, asume su condición de futura madre y se apresta a tener su niño, llena de esperanzas. Pero Amaro lo hace desaparecer. Y esta situación la mata de tristeza.

Pero el libro es mucho más que eso. Entra en el detalle de muchos personajes; en primer lugar está la Sanjoaneira, la madre de Amelia, que aunque es una mujer de alguna edad todavía conserva muchos encantos para atraer a los hombres. Y por lo visto siente cierta predisposición por el clero, a juzgar por los dos amantes que ha pescado entre ellos. Con el primero, según sugiere el autor, tuvo amores desde antes de enviudar.

Pero hay muchas otras cosas. Entre ellas la vida del clero en la provincia y su forma de reaccionar ante un ataque, como es el caso cuando Joao Eduardo, el novio de Amelia, escribe en el diario local un artículo contra los curas de Leiría, donde menciona a Amaro y a los demás, “sacándoles los cueros al sol”. La pobre vida de las beatas, cuya vida sólo tiene sentido y valor cuando se trata de las misas y la liturgia.

jueves 31 de marzo de 2011

El crimen del padre Amaro (7)

A su llegada a la casa de la playa, doña María de Assunçao había recibido la visita de un joven pariente suyo, llamado Agostinho; iba a cursar quinto año de Derecho en la Universidad de Lisboa. Era un muchacho delgado, de bigote castaño, que recitaba versos y sabía tocar la guitarra. En A Vieira era famoso entre los hombres “porque sabía conversar con las señoras”.

Desde los primeros días Amelia se dio cuenta de que los ojos de Agostinho se fijaban constantemente en ella. Ella se turbaba mucho y se ponía muy colorada. Pero el asunto no le disgustaba.

—Esto te viene muy bien —le dijo en voz baja, rezagándose un poco, doña María de Assunçao a la Sanjoaneira.

—¿A mí?

Entonces doña María le explica que el muchacho es un partidazo y que, por lo que ella ha observado, se desvive por Amelia. Éste empieza a visitarlas a diario y le declara su amor a la muchacha, cosa que no le disgusta a ella ni a la suegra.

Hacia finales de octubre empiezan las lluvias, y Agostinho debe recomenzar sus estudios en Lisboa. Se despide muy apesadumbrado de Amelia, con muchos besos y muchos juramentos. Poco después regresan Amelia y su madre a Leiría, muy reconfortadas con las vacaciones que han tomado.

Pasan el invierno sin que el autor nos informe de ninguna novedad. En la primavera la novedad la trae doña María de Assunçao, que les cuenta a Amelia y a su madre que Agostinho se acaba de casar en Lisboa con la hija de un noble muy rico.

En presencia de todos, Amelia rompe a llorar. No podía olvidar los besos y las promesas del ingrato. Pero como el tiempo todo lo puede, cuando ya tiene los veinte años, ella recuerda aquel episodio como “una bobada de niña”. Ahora es una hermosa mujer, dedicada de tiempo completo a los temas religiosos, que las mismas señoras beatas proponen como modelo para las otras muchachas del pueblo.
La que tampoco pierde su tiempo es su madre, que ahora tiene una amistad con el canónigo Dias; amistad que es la comidilla de la gente del pueblo, que de todo se entera.

En ese tiempo un nuevo pretendiente se acerca a la muchacha; se trata de Joao Eduardo, escribiente de una de las oficinas del Estado. Ella no le corresponde, pero tampoco lo rechaza de plano. Tímido, aunque poco creyente, Joao Eduardo conoce de cerca la clase de seres que son los curas de Leiría. Poco entusiasmada con el amor que le promete, ella considera que él a lo sumo podrá ser un buen marido, pero jamás logrará apasionarse por él. Sin embargo es de los mejores partidos del pueblo.

Estas son condiciones es que se encuentra Amelia cuando llega Amaro a vivir al pueblo.